
La lengua no abandona su vocación de espina,
apenas si resiste un temblor de aire.
Antes de hacerse líquida y optar por la mudez,
se sabe encarcelada, casi inmóvil, a punto de tronar;
desconoce el trayecto de la lluvia.
Apenas busca un hueco en el relente,
la crónica de un pájaro que se ausenta del humo,
el sudor o el invierno,
la breve inmediatez de la ceniza.