Sus más de mil páginas pueden provocar pereza a la hora de enfrentar su lectura. Y así fue en mi caso (que, además, tengo un horario de trabajo salvaje). Pero, la aventura, merece la pena. La novela tiene cinco partes. El hilo que las une es el escritor alemán Benno von Archimboldi, desaparecido desde hace tiempo. En la primera, "La parte de los críticos", cuatro profesores universitarios, obsesionados con su obra y con su personalidad, dan con una pista sobre su paradero que les conduce a la ciudad mexicana de Santa Teresa. Allí conocen a un profesor universitario catalán que protagoniza la segunda parte, «La parte de Amalfitano». Un periodista norteamericano va, casi accidentalmente, de Detroit a Santa Teresa a cubrir un combate de boxeo y descubre, también accidentalmente, los asesinatos de mujeres que se producen en la ciudad. Es «La parte de Fate». De ahí, la novela se detiene en «La parte de los crímenes», donde se nos cuentan los numerosos asesinatos de mujeres que se están produciendo en la ciudad. Una ciudad, rodeada de basureros ilegales y de maquiladoras (fábricas) donde trabajan miles de emigrantes. Por último, el libro se cierra con la biografía de Benno von Archimboldi. Es la quinta y última parte: «La parte de Archimboldi». Un puzzle que nunca acaba de encajar. Aficionada, como soy al cine, la novela me recuera a algunas películas, para mí de culto (Amores Perros, Babel, 21 gramos... ) en las que vidas, en apariencia inconexas, acaban coincidiendo en el más absoluto de los absurdos. La aventura, repito, merece la pena. |
domingo, 21 de septiembre de 2008
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sábado, 20 de septiembre de 2008
Cosas
Al alejarme siempre he pensado en el regreso,
en su lenguaje fosco. Por si nadie me espera.
Abandoné el destello de una casa sin huéspedes. Apagué las bombillas y organicé la vida. Pero las cosas, firmes en su costumbre, continuaron allí. No supe corregir la suciedad. Ni el polvo. Puedo limpiar los restos de las noches, abrillantar su suelo de madera pero cuando las sombras me reclaman las recibo. Y la casa se abraza a la ciudad, a un cepillo de dientes. Al orden de lo viejo. Sólo son cosas pero impiden la marcha. |
Rutinas
Yo sólo quiero volver a esa rutina de manteles que cuelga de las sobras de los días. Apartar de sus labios las preguntas. Ser la noche dormida. El invierno encendido en las ventanas. La boca que se esconde tras un verso. Transcurrir por los meses sin zapatos. Valiente como un pez que le pierde el miedo al aire. Y descalza y desnuda fingir que la costumbre no es un túnel que exige la derrota de la luz. |
miércoles, 9 de julio de 2008
Un instante
Puede un rostro quedarse en la pupila agarrado a un instante. Recuperar su forma en la distancia y convertirse en el cristal quebrado al que se asoma el gesto de la luz. Certeza que en los párpados desnuda un minuto de sal. Segundos que pregonan el verano antes de regresar a la ceguera innata de los ojos. |
domingo, 6 de abril de 2008
Fugaz
Te han nacido en los hombros tres miserias, tres heridas profundas que maldicen con su peso las noches. Que las hacen tan largas como el miedo. Eres el hombre de rodillas rotas al que los pájaros regalan picos fugaces, sombras de palabras viejas. Un invento que vierte su crueldad en una habitación de la que escapa ilesa hasta la muerte. |
Al vientre
Al vientre no se llega entre las sombras. Nadie conoce su perfil de dios, nadie desnuda el hambre que le tiembla, pálida, bajo el rostro del otoño. Su fondo es líquido y sus dedos laten como semillas que convocan vida. Un instante de párpados abiertos basta para encender el horizonte. |
Esta vida
Pero vivir, amor, es mucho más que eso; es crecer y dormir y envejecer contigo, reñir y bromear, y no vernos a veces, o vernos como extraños alguna madrugada. Josefa Parra Extrañar que tu brazo enrede el cuerpo cansado de la noche, cuando se alarga el vientre hacia tus manos y responde un vacío que transforma lo oscuro en una grieta. Y saber que la vida no es tenerte encerrado en mis miedos. Que a veces esta vida es no mirar como los años ciegan los espejos y nos hacen tan débiles que ya no espero nada de tu olvido. Porque no sé nombrarme sin sentir vergüenza del pasado, sin oler en tu boca besos muertos. |
Ningún nombre
Me levanto si el día me recuerda que tengo que limpiar la oscuridad que nos dejó la noche. Ese pozo infectado de sonidos a los que llega el hambre repetida. Esa rabia que oculta entre la alfombra el miedo a no decir lo que se siente. Yo no le temo a los que nombran nombres. Yo puedo sonreír cuando me doblan el destino en un gesto. Y volver a decir que, entre mis manos y yo, duerme la sombra de una página que no escribe ningún verbo en sus líneas. |
El final
Se acordó de su casa,
la vieja residencia del amor
y sintió el corazón necesitado.
Francisco Brines
En aquella misión puso el empeño de los necesitados. Tenía dos razones para el mar y una para la tierra. Eligió ser comido por los peces. No quiso ser ceniza ni alimentar la sombra de los árboles. Hubiera deseado un cielo gris, un infinito azul lleno de pájaros pero lo que no vuela se detiene al final en el polvo. Y él no quería el miedo para siempre. |
Siempre
Cada vez que una noche se me posa entre los párpados,la luz se enciende. Siempre le gano la batalla al negro instante al que otros llegan con la rabia convertida en un rayo que destruye lo que toca. Siempre comprendo al que me busca en máscaras de lo que no soy. Su vientre está tan cerca que es el hogar que me respira, aunque huya de su voz y su sonido rapte la semilla que brota en mi silencio. |
sábado, 6 de octubre de 2007
Como amo a la palabra
Amarte, como amo a la palabra antes de que se convierta en silencio. Quererte como se quiere a las cosas que nos predecían sobre el destino amargo de nuestras ciudades. Nombrarte ante los espejos opacos que adivinaban tu lentitud ciega. Y seguir apoyando tu apellido en la soledad de mi nombre. Seguir siendo palabra sobre las calles ensordecidas por el ruido de un amor huérfano de vientres. Y amarte, roto, con esa clase de amor, desnudo, que se abraza a tu nombre en las cenizas para salvarte de lo que eres: un lugar desde el cual mirar la noche. |
lunes, 17 de septiembre de 2007
Si el hombre pudiera decir lo que ama
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
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Miseria de la poesía
La lenta concepción de una metáfora
o bien ese temblor que a veces queda
después de haber escrito algunos versos
¿justifican una vida? Sé que no.
Pero tampoco ignoro que, aun no siendo
cifra de una existencia, esas palabras
dirán que quien dispuso su armonía
supo ordenar un mundo. ¿Y eso basta?
Los años van pasando y sé que no.
Hay algo de grandeza en esta lucha
y en cierto modo tengo
la difusa certeza de que existe
un verso que contiene ese secreto
trivial y abominable de la rosa:
la hermosura es el rostro de la muerte.
Si encontrase ese verso, ¿bastaría?
Tal vez no. Su verdad, ¿sería tanta
como para crear un mundo, para darle
color nuevo a la noche y a la luna
un anillo de fuego, y unos ojos
y un alma a Galatea, y unos mares
de nieve a los desiertos? Sé que no.
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miércoles, 12 de septiembre de 2007
Elogio de la sombra
La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.
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viernes, 7 de septiembre de 2007
En letras
He extendido las letras en la tarde
esperando que llegues a mi verbo.
Deletreo tu nombre en la paciencia
y rozo con los dedos las palabras.
Trazo enes de "no estás"
y aminora la ausencia su destino.
Columpio diccionarios sobre las avenidas
y los significados se hacen grandes.
Consuelan la mirada
y la conducen dónde quiere estar
-muy lejos,
o cerca si es tu gesto el que saluda
mi nombre tras la lluvia-.
Te encierro en letras
regalándote el rostro de una sombra.
Me empino sobre el signo que te escribe
y, en silencio, te beso.
esperando que llegues a mi verbo.
Deletreo tu nombre en la paciencia
y rozo con los dedos las palabras.
Trazo enes de "no estás"
y aminora la ausencia su destino.
Columpio diccionarios sobre las avenidas
y los significados se hacen grandes.
Consuelan la mirada
y la conducen dónde quiere estar
-muy lejos,
o cerca si es tu gesto el que saluda
mi nombre tras la lluvia-.
Te encierro en letras
regalándote el rostro de una sombra.
Me empino sobre el signo que te escribe
y, en silencio, te beso.
Tiempo perdido
De ti sólo guardo nombres vacíos. Las sobras quietas de una sensación que se detuvo en el perfil del mundo. No siempre fue así, claro. No lo fue durante aquel largo invierno, cuando bajo tu axila se escondía el sudor antiguo del mundo y tu ojos eran un charco en el que ahogar cada noche la rabia. Mi mirada hizo de ti lo que no eras. Y no eras el libro cerrado que hoy reposa su cansancio en mi vientre, implorando la sombra de un beso que no existe. Antes, eras la paciencia del agua por eso no sé si mi nuevos ojos podrá mirar sin miedo el rostro de un tiempo perdido. |
domingo, 12 de agosto de 2007
Dale recuerdos al tiempo
Quise reencarnarme en un trazo que dividiera en dos la perfección de los abecedarios. Dale siempre recuerdos al tiempo de mi parte porque, con una sola letra, levantó ventiscas en la costumbre de masticar la noche a solas. Dile a esa frase sin terminar que multiplique el efecto sonoro de nuestro yo más incompleto. No es suficiente recrear palabras para acallar el ritmo de unas horas que sólo dibujaron carencias. Y, de nuevo, trazar interrogantes ante ese porvenir de aguas saladas que no anuló el efecto de los jueves. - Huir, tarde, de las sombras.- Dile al diptongo de mi boca sobre tu boca que traduzca el sabor de mi saliva en el trazo imposible de un mañana. |
Resumir
Mientras un mosquito destruye su hora en nuestro oído, yo recuento los dedos de tu mano intentando resumir los días que no están. Pero sigo sin saber si es amor o sólo la cosquilla de un estómago con hambre. |
martes, 17 de julio de 2007
Cuando llegues
Cuando llegues, aunque parezca tarde, te diré que eras la lluvia esperada. Supongo que hará frío y que las monedas habrán gastado sus nombres. Supongo que un ojo parecerá mudo y que los mapas, abrasados, bajo agosto helarán el rastro de abril -todo lo que no fue posible-. Llegarás, aunque, tal vez, sea tarde. Tan tarde, tan sombra y tan peligro. Tan frágil y tan suceso, como la proximidad de la muerte. Llegarás. Y tú, que pareces tan importante, te apoyarás sobre mi nombre vano. Y empezarás a estar. Tan débil, tan roto, tan amarillo como mi derrota solitaria ante los lunes. |
domingo, 15 de julio de 2007
No lo ves?
Mira las heridas de mis rodillas, con ese gesto inclinado de párpados que sólo se desnuda en la ceguera. Estoy muerta, no ves que tengo frío? Mis manos se estudian sobre las tardes, son manos de hielo bajo el destino autista de tu vientre. Aún tengo frío y colegios rotos sobre la boca. Soy pequeña, no lo ves? A penas una niña que se niega a crecer en las aceras. Tengo frío y tal vez algo de miedo (a no encontrarte). Se rozan el frío y la soledad, los lugares que nos vieron sin ojos, las trampas de los años. Roza el mundo un reloj que marca tiempos. Pero yo sigo siendo una niña, no lo ves? |
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